El Cerro

Ésta es una historia que ocurre con un cerro. El cerro que está abajo del Cerro de San Felipe en Oaxaca de Juárez, México.

Todo comenzó el 7 de abril del 2020. Ese día, con cielo parcialmente despejado, en una caminata más por el bosque de encino que abarcaba toda la vista desde mi casa, por primera vez sentí su presencia.

Allá arriba, a la distancia, donde el cerro dejaba de ser cerro para fundirse con el cielo apenas azul, había algo: una tenue silueta de un cuerpo que se elevaba por encima de las copas de los árboles; apenas rozando esos cables invasores de un bosque expectante. Un cerro que aguardaba pacientemente la llegada de la primera lluvia para despertar. 

Seguí caminando, tratando de acercarme para estar seguro que lo que veía no era una ilusión.

A las 11:30 de ese 7 de abril del 2020 al fin lo ví, al fin confirmé que esa presencia que sentía, eso que podía ver a la distancia, efectivamente estaba ahí. 

Estaba ahí como una estatua esperando una mirada perdida. Parecía la florecencia de un agave que trataba de llegar a las nubes antes de que todo el líquido que le daba vida se quedará en la tierra. Por un instante se detuvo el tiempo. Yo veía ese quiote, esa florecencia, y sentía que me veía también a mí. 

Bajé del cerro y volví a casa, pero ahora, al voltear hacia arriba, solo veía esa silueta que se elevaba. Algo me decía que debía subir hasta allá, así que caminé por el cerro buscándolo; tratando de encontrar un camino que me llevará hasta ese lugar.

Después de varios días siguiendo los caminos hechos por los comuneros para ir a cortar leña en el monte, y de varios falsos encuentros con otros quiotes, decidí adentrarme en el bosque; cortar entre los matorrales y dejar atrás el camino que me mantenía conectado con la ciudad. Caminé en dirección al quiote hasta que me topé con lo que se sentía como una pared de piedra paralela a mi cuerpo que se elevaba por encima de las copas de los árboles. La única opción que tenía era escalar, o volver para tratar de encontrar otro camino que le diera la vuelta. No lo dudé, tenía que llegar allá.

Así que subí, y ese 19 de abril del 2020 a las 10:41, al fin llegué.

Para mi sorpresa, el agave ya estaba seco. Esa silueta que yo veía a la distancia no era más que el rastro de una vida que ya se había esfumado con las nubes. Era como una estatua; una existencia petrificada observando la ciudad.

Después de ese encuentro, ya nada fue igual. Ese camino de1600m en el que dejaba atrás la ciudad para llegar al quiote, se volvió una parte de mí.

Ahí, entre las ramas secas; los coros de chicharras desesperadas;

las tierras rojas, naranjas, cafés, grises, negras;

entre hilos de seda de orugas colgantes que se pegaban a mi piel;

sentí el renacer intempestivo del bosque con la lluvias

y su aletargamiento con la sequía:

esa retracción de energía a las raíces, dejando los rastros de su verde exuberancia.

Rastros que cubrían todo el cerro con hojas secas, hojas protectoras de la tierra, que preservaban un poco de humedad. Hojas que quebraban con cada paso que daba, cuyo sonido me acompañaba, me guiaba, me enseñaba.

Ese camino que siempre me llevaba a un mismo lugar, pero que en cada encuentro lo sentía como un nuevo descubrimiento.

Un lugar donde yo ya no era yo, el lugar donde mi cuerpo dejaba de ser cuerpo y se volvía parte del bosque.

Ahí observábamos a la ciudad amenazante que cada vez se acercaba más.

Pero el bosque no tenía miedo.

Si algo aprendí, si algo me enseñó el quiote, es que el cerro existe en otro tiempo. Un tiempo geológico en el que nuestra existencia es insignificante, y el cerro lo sabe.

El cerro espera pacientemente,

nos ve vivir y nos verá morir,

ahí estará siempre. 

El 31 de mayo de 2021, después de más de un año de coexistir, un año de aprendizajes, llegó el momento de decir adiós. El momento de concluir ese ciclo, de dejar un rastro de quien yo alguna vez fui pero que ya nunca volvería a ser.

Todo comenzó con una estatua, y termina con dos.

Dos estatuas que observan, que aguardan. Dos cuerpos bailando entre nubes que olvidan el pasar del tiempo, viviendo cada instante como el primero, porque saben que, como El Cerro abajo del Cerro de San Felipe en Oaxaca de Juárez, México,

ahí estarán para siempre.

Adrián Bracho, 2020-2022